TEXTO: Bases: y puntos de partida para la organización política de la República Argentina - Juan Bautista Alberdi
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XV
De la inmigración como medio de progreso y de cultura para la América
del Sur. Medios de fomentar la inmigración. Tratados extranjeros. La
inmigración espontánea y no la artificial. Tolerancia religiosa. Ferrocarriles.
Franquicias. Libre navegación fluvial.
¿Cómo, en qué forma vendrá en lo futuro el
espíritu vivificante de la civilización europea a nuestro suelo? Como vino en
todas épocas: Europa nos traerá su espíritu nuevo, sus hábitos de industria,
sus prácticas de civilización, en las inmigraciones que nos envíe. Cada europeo
que viene a nuestras playas nos trae más civilizaciones en sus hábitos, que
luego comunica a nuestros habitantes, que muchos libros de filosofía. Se
comprende mal la perfección que no se ve, toca ni palpa. Un hombre laborioso es
el catecismo más edificante. ¿Queremos plantar y aclimatar en América la
libertad inglesa, la cultura francesa, Biblioteca de la Libertad: Bases: y
puntos de partida para la organización política de la República Argentina 35 la
laboriosidad del hombre de Europa y de los Estados Unidos? Traigamos pedazos
vivos de ellas en las costumbres de sus habitantes y radiquémoslas aquí.
¿Queremos que los hábitos de orden, de disciplina y de industria prevalezcan en
nuestra América? Llenémosla de gente que posea hondamente esos hábitos. Ellos
son comunicativos; al lado del industrial europeo pronto se forma el industrial
americano. La planta de la civilización no se propaga de semilla. Es como la
viña, prende de gajo. Este es el medio único de que América, hoy desierta,
llegue a ser un mundo opulento en poco tiempo. La reproducción por sí sola es
medio lentísimo. Si queremos ver agrandados nuestros Estados en corto tiempo,
traigamos de fuera sus elementos ya formados y preparados. Sin grandes
poblaciones no hay desarrollo de cultura, no hay progreso considerable; todo es
mezquino y pequeño. Naciones de medio millón de habitantes, pueden serlo por su
territorio; por su población serán provincias, aldeas; y todas sus cosas
llevarán siempre el sello mezquino de provincia. Aviso importante a los hombres
de Estado sudamericanos: las escuelas primarias, los liceos, las universidades,
son, por sí solos, pobrísimos medios de adelanto sin las grandes empresas de
producción, hijas de las grandes porciones de hombres. La población—necesidad
sudamericana que representa todas las demás—es la medida exacta de la capacidad
de nuestros gobiernos. El ministro de Estado que no duplica el censo de estos
pueblos cada diez años, ha perdido su tiempo en bagatelas y nimiedades. Haced
pasar el roto, el gaucho, el cholo, unidad elemental de nuestras masas
populares, por todas las transformaciones del mejor sistema de instrucción; en
cien años no haréis de él un obrero inglés, que trabaja, consume, vive digna y
confortablemente. Poned el millón de habitantes, que forma la población media
de estas Repúblicas, en el mejor pie de educación posible, tan instruido como
el cantón de Ginebra en Suiza, como la más culta provincia de Francia:
¿tendréis con eso un grande y floreciente Estado? Ciertamente que no: un millón
de hombres en territorio cómodo para 50 millones, ¿es otra cosa que una
miserable población? Se hace este argumento: educando nuestras masas, tendremos
orden; teniendo orden vendrá la población de fuera. Os diré que invertís el
verdadero método de progreso. No tendréis orden ni educación popular, sino por
el influjo de masas introducidas con hábitos arraigados de ese orden y buena
educación. Multiplicad la población seria, y veréis a los vanos agitadores,
desairados y solos, con sus planes de revueltas frívolas, en medio de un mundo
absorbido por Biblioteca de la Libertad: Bases: y puntos de partida para la
organización política de la República Argentina 36 ocupaciones graves. ¿Cómo
conseguir todo esto? Más fácilmente que gastando millones en tentativas
mezquinas de mejoras interminables. Tratados extranjeros. Firmad tratados con
el extranjero en que deis garantías de que sus derechos naturales de propiedad,
de libertad civil, de seguridad, de adquisición y de tránsito, les serán
respetados. Esos tratados serán la más bella parte de la Constitución; la parte
exterior, que es llave del progreso de estos países, llamados a recibir su
acrecentamiento de fuera. Para que esa rama del derecho público sea inviolable
y duradera, firmad tratados por término indefinido o prolongadísimo. No temáis
encadenaros al orden y a la cultura. Temer que los tratados sean perpetuos es temer
que se perpetúen las garantías individuales en nuestro suelo. El tratado
argentino con la Gran Bretaña ha impedido que Rosas hiciera de Buenos Aires
otro Paraguay. No temáis enajenar el porvenir remoto de nuestra industria a la
civilización, si hay riesgo de que la arrebaten la barbarie o la tiranía
interiores. El temor a los tratados es resabio de la primera época guerrera de
nuestra revolución: es un principio viejo y pasado de tiempo, o una imitación
indiscreta y mal traída de la política exterior que Washington aconsejaba a los
Estados Unidos en circunstancias y por motivos del todo diferentes de los que
nos cercan. Los tratados de amistad y comercio son el medio honorable de
colocar la civilización sudamericana bajo el protectorado de la civilización
del mundo. ¿Queréis, en efecto, que nuestras constituciones y todas las
garantías de industria, de propiedad y libertad civil, consagradas por ellas,
vivan inviolables bajo el protectorado del cañón de todos los pueblos, sin
mengua de nuestra nacionalidad? Consignad los derechos y garantías civiles, que
ellas otorgan a sus habitantes, en tratados de amistad, de comercio y de
navegación con el extranjero. Manteniendo, haciendo él mantener los tratados,
no hará sino mantener nuestra Constitución. Cuantas más garantías deis al
extranjero, mayores derechos asegurados tendréis en vuestro país. Tratad con
todas las naciones, no con algunas, conceded a todas las mismas garantías, para
que ninguna pueda subyugaros, y para que las unas sirvan de obstáculo contra las
aspiraciones de las otras. Si Francia hubiera tenido en el Plata un tratado
igual al de Inglaterra, no habría existido la emulación oculta bajo el manto de
una alianza, que por diez años ha mantenido el malestar de las cosas del Plata,
obrando a medias y siempre con la segunda mira de conservar ventajas exclusivas
y parciales. Plan de inmigración. La inmigración espontánea es la verdadera y
grande inmigración. Nuestros gobiernos deben proveerla, no haciéndose ellos
empresarios, Biblioteca de la Libertad: Bases: y puntos de partida para la
organización política de la República Argentina 37 no por mezquinas concesiones
de terreno habitables por osos, en contratos falaces y usurarios, más dañinos a
la población que al poblador, no por puñaditos de hombres, por arreglillos
propios para hacer el negocio de algún especulador influyente; eso es la
mentira, la farsa de la inmigración fecunda; sino por el sistema grande, largo
y desinteresado, que ha hecho nacer a California en cuatro años por la libertad
prodigada, por franquicias que hagan olvidar su condición al extranjero,
persuadiéndolo de que habita su patria; facilitando, sin medida ni regla, todas
las miras legitimas, todas las tendencias útiles. Los Estados Unidos son un
pueblo tan adelantado porque se componen y se han compuesto incesantemente de
elementos europeos. En todas épocas han recibido una inmigración abundantísima
de Europa. Se engañan los que creen que ella sólo data desde la época de la
Independencia. Los legisladores de los Estados propendían a eso muy sabiamente;
y uno de los motivos de su rompimiento perpetuo con la metrópoli fue la barrera
o dificultad que Inglaterra quiso poner a esta inmigración que insensiblemente
convertía en colosos sus colonias. Ese motivo está invocado en el acta misma de
la declaración de la independencia de los Estados Unidos. Véase según eso, si
la acumulación de extranjeros impidió a los Estados Unidos conquistar su
independencia y crear una nacionalidad grande y poderosa. Tolerancia religiosa.
Si queréis pobladores morales y religiosos, no fomentéis el ateísmo. Si queréis
familias que formen las costumbres privadas, respetad su altar a cada creencia.
La América española, reducida al catolicismo con exclusión de otro culto,
representa un solitario y silencioso convento de monjes. El dilema es fatal: o
católica exclusivamente y despoblada; o poblada y próspera, y tolerante en
materia de religión. Llamar la raza anglosajona y las poblaciones de Alemania,
de Suecia y de Suiza, y negarles el ejercicio de su culto, es lo mismo que no
llamarlas, sino por ceremonia, por hipocresía de liberalismo. Esto es verdadero
a la letra: excluir los cultos disidentes de la América del Sur, es excluir a
los ingleses, a los alemanes, a los suizos, a los norteamericanos, que no son
católicos; es decir, a los pobladores de que más necesita este continente.
Traerlos sin su culto es traerlos sin el agente que los hace ser lo que son; a
que vivan sin religión, a que se hagan ateos. Hay pretensiones que carecen de
sentido común, y es una de ellas querer población, familias, costumbres y al
mismo tiempo rodear de obstáculos el matrimonio del poblador disidente: es
pretender aliar la moral y la prostitución. Si no podéis destruir la afinidad
invencible de los sexos, ¿qué hacéis con arrebatar la legitimidad a las uniones
naturales? Multiplicar las concubinas en vez de las esposas; destinar a
nuestras mujeres americanas a ser escarnio de los extranjeros; hacer que los
americanos nazcan manchados; llenar toda nuestra América de guachos, de
prostitutas, de enfermedades, de impiedad, en una palabra. Eso no se puede
pretender en nombre del catolicismo sin insulto a la magnificencia de esta
Biblioteca de la Libertad: Bases: y puntos de partida para la organización
política de la República Argentina 38 noble Iglesia, tan capaz de asociarse a
todos los progresos humanos. Querer el fomento de la moral en los usos de la
vida y perseguir iglesias que enseñan la doctrina de Jesucristo, ¿es cosa que
tenga sentido recto? Sosteniendo esta doctrina no hago otra cosa que el elogio
de una ley de mi país que ha recibido la sanción de la experiencia. Desde
octubre de 1825 existe en Buenos Aires la libertad de cultos, pero es preciso
que esa concesión provincial se extienda a toda la República Argentina por su
Constitución, como medio de extender al interior el establecimiento de la
Europa inmigrante. Ya lo está por el tratado con Inglaterra, y ninguna
constitución local, interior, debe ser excepción o derogación del compromiso
nacional contenido en el tratado de 2 de febrero de 1825. España era sabia en
emplear por táctica el exclusivismo católico, como medio de monopolizar el
poder de estos países, y como medio de civilizar las razas indígenas. Por eso
el Código de Indias empezaba asegurando la fe católica de las colonias. Pero
nuestras constituciones modernas no deben copiar en eso la legislación de
Indias, porque es restablecer el antiguo régimen de monopolio en beneficio de
nuestros primeros pobladores católicos, y perjudicar las miras amplias y
generosas del nuevo régimen americano. Inmigración mediterránea. Hasta aquí la
inmigración europea ha quedado en los pueblos de la costa, y de ahí la
superioridad del litoral de América, en cultura, sobre los pueblos de tierra
adentro. Bajo el gobierno independiente ha continuado el sistema de la
legislación de Indias que excluía del interior al extranjero bajo las más
rígidas penas. El título 27 de la Recopilación Indiana contiene 38 leyes
destinadas a cerrar herméticamente el interior de la América del Sur al
extranjero no peninsular. La más suave de ellas era la ley 7a, que imponía la
pena de muerte al que trataba con extranjeros. La ley 9a mandaba limpiarla
tierra de extranjeros, en obsequio del mantenimiento de la fe católica. ¿Quién
no ve que la obra secular de esa legislación se mantiene hasta hoy latente en
las entrañas del nuevo régimen? ¿Cuál otro es el origen de las resistencias que
hasta hoy mismo halla el extranjero en el interior de nuestros países de
Sudamérica? Al nuevo régimen le toca invertir el sistema colonial, y sacar al
interior de su antigua clausura, desbaratando por una legislación contraria y
reaccionaria de la de Indias el espíritu de reserva y de exclusión que había
formado ésta en nuestras costumbres. Pero el medio más eficaz de elevar la
capacidad y cultura de nuestros pueblos de situación mediterránea a la altura y
capacidad de las ciudades marítimas es Biblioteca de la Libertad: Bases: y
puntos de partida para la organización política de la República Argentina 39
aproximarlos a la costa, por decirlo así, mediante un sistema de vías de
transporte grande y liberal, que los ponga al alcance de la acción civilizante
de Europa. Los grandes medios de introducir Europa en los países interiores de
nuestro continente, en escala y proporciones bastante poderosas para obrar un
cambio portentoso en pocos años, son el ferrocarril, la libre navegación
interior y la libertad comercial. Europa viene a estas lejanas regiones en alas
del comercio y de la industria, y busca la riqueza en nuestro continente. La
riqueza, como la población, como la cultura, es imposible donde los medios de
comunicación son difíciles, pequeños y costosos. Ella viene a América al favor
de la facilidad que ofrece el océano. Prolongad el Océano hasta el interior de
este continente por el vapor terrestre y fluvial, y tendréis el interior tan
lleno de inmigrantes europeos como el litoral. Ferrocarriles. El ferrocarril es
el medio de dar vuelta al derecho lo que la España colonizadora colocó al revés
en este continente. Ella colocó las cabezas de nuestros Estados donde deben
estar los pies. Para sus miras de aislamiento y monopolio, fue sabio ese
sistema; para las nuestras de expansión y libertad comercial, es funesto. Es
preciso traer las capitales a las costas, o bien llevar el litoral al interior
del continente. El ferrocarril y el telégrafo eléctrico, que son la supresión
del espacio, obran este portento mejor que todos los potentados de la tierra.
El ferrocarril innova, reforma y cambia las cosas más difíciles, sin decretos
ni asonadas. El hará la unidad de la República Argentina mejor que todos los
congresos. Los congresos podrán declarar una e indivisible; sin el camino de
fierro que acerque sus extremos remotos, quedará siempre divisible y dividida
contra todos los decretos legislativos. Sin el ferrocarril no tendréis unidad
política en países donde la distancia hace imposible la acción del poder
central. ¿Queréis que el gobierno, que los legisladores, que los tribunales de
la capital litoral, legislen y juzguen los asuntos de las provincias de San Juan
y Mendoza, por ejemplo? Traed el litoral hasta esos parajes por el ferrocarril,
o viceversa; colocad esos extremos a tres días de distancia, por lo menos. Pero
tener la metrópoli o capital a 20 días es poco menos que tenerla en España,
como cuando regia el sistema antiguo, que destruimos por ese absurdo
especialmente. Así, pues, la unidad política debe empezar por la unidad
territorial, y sólo el ferrocarril puede hacer de dos parajes separados por
quinientas leguas un paraje único. Tampoco podréis llevar hasta el interior de
nuestros países la acción de Europa por medio de sus inmigraciones, que hoy
regeneran nuestras costas, sino por vehículos tan poderosos como los
ferrocarriles. Ellos son o serán a la vida local de nuestros territorios
interiores lo que las grandes arterias a los extremos inferiores Biblioteca de
la Libertad: Bases: y puntos de partida para la organización política de la
República Argentina 40 del cuerpo humano, manantiales de vida. Los españoles lo
conocieron así, y en el último tiempo de su reinado en América se ocuparon
seriamente en la construcción de un camino carril interoceánico al través de
los Andes y del desierto argentino. Era eso un poco más audaz que el canal de
los Andes, en que pensó Rivadavia, penetrado de la misma necesidad. ¿Por qué
llamaríamos utopía la creación de una vía que preocupó al mismo Gobierno
español de otra época, tan positivo y parsimonioso en sus grandes trabajos de
mejoramiento? El virrey Sobremonte, en 1804, restableció el antiguo proyecto
español de canalizar el río Tercero, para acercar los Andes al Plata; y en
1813, bajo el Gobierno patrio, surgió la misma idea. Con el título modesto de
la navegación del río Tercero, escribió entonces el coronel don Pedro Andrés
García un libro que daría envidia a Mr. Miguel Chevalier, sobre vías de
comunicación como medios de gobierno, de comercio y de industria. Para tener
ferrocarriles, abundan medios en estos países. Negociad empréstitos en el
extranjero, empeñad vuestras rentas y bienes nacionales para empresas que los
harán prosperar y multiplicarse. Seria pueril esperar a que las rentas
ordinarias alcancen para gastos semejantes; invertid esa orden, empezad por los
gastos, y tendréis rentas. Si hubiésemos esperado a tener rentas capaces de
costear los gastos de la guerra de la independencia contra España, hoy seríamos
colonos. Con empréstitos tuvimos cañones, fusiles, buques y soldados, y
conseguimos hacernos independientes. Lo que hicimos para salir de la
esclavitud, debe mas hacer para salir del atraso, que es igual a la
servidumbre: la gloria no debe tener más títulos que la civilización. Pero no
obtendréis préstamos si no tenéis crédito nacional, es decir, un crédito
fundado en las seguridades y responsabilidades unidas de todos los pueblos del
Estado. Con créditos de cabildos o provincias, no haréis caminos de hierro, ni
nada grande. Uníos en cuerpo de nación, consolidad la responsabilidad de
vuestras rentas y caudales presentes y futuros, y tendréis quien os preste
millones para atender a vuestras necesidades locales y generales; porque si no
tenéis plata hoy, tenéis los medios de ser opulentos mañana. Dispersos y
reñidos, no esperéis sino pobreza y menosprecio. Franquicias, privilegios.
Proteged al mismo tiempo empresas particulares para la construcción de ferrocarriles.
Colmadlas de ventajas, de privilegios, de todo el favor imaginable, sin
deteneros en medios. Preferid este expediente a cualquier otro. En Lima se ha
dado todo un convento y 99 años de privilegio al primer ferrocarril entre la
capital y el litoral: la mitad de todos los conventos allí existentes habría
sido bien dada, siendo necesario. Los caminos de fierro son en este siglo lo
que los conventos eran en la Edad Media: cada época tiene sus agentes de
cultura. El pueblo de la Caldera se ha improvisado alrededor de un ferrocarril,
como en otra época se formaba alrededor de una iglesia; el interés es el mismo:
aproximar al hombre de su Biblioteca de la Libertad: Bases: y puntos de partida
para la organización política de la República Argentina 41 Creador por la
perfección de su naturaleza; ¿Son insuficientes nuestros capitales para esas
empresas? Entregadlos entonces a capitales extranjeros. Dejad que los tesoros
de fuera como los hombres se domicilien en nuestro suelo. Rodead de inmunidad y
de privilegios el tesoro extranjero, para que se naturalice entre nosotros.
Esta América necesita de capitales tanto como de población. El inmigrante sin
dinero es un soldado sin armas. Haced que inmigren los pesos en estos países de
riqueza futura y pobreza actual. Pero el peso es un inmigrado que exige muchas
concesiones y privilegios. Dádselos, porque el capital es el brazo izquierdo
del progreso de estos países. Es el secreto de que se valieron los Estados
Unidos y Holanda para dar impulso mágico a su industria y comercio. Las Leyes
de Indias para civilizar este continente, como en la Edad Media por la
propaganda religiosa, colmaban de privilegios a los conventos, como medio de
fomentar el establecimiento de estas guardias avanzadas de la civilización de
aquella época. Otro tanto deben hacer nuestras leyes actuales, para dar pábulo
al desarrollo industrial y comercial, prodigando el favor a las empresas
industriales que levanten su bandera atrevida en los desiertos de nuestro
continente. El privilegio a la industria heroica es el aliciente mágico para
atraer riquezas de fuera. Por eso los Estados Unidos asignaron al Congreso
general, entre sus grandes atribuciones, la de fomentar la prosperidad de la
Confederación por la concesión de privilegios a los autores e inventores; y
aquella tierra de libertad se ha fecundado, entre otros medios, por privilegios
dados por la libertad al heroísmo de empresa, al talento de mejoras. Navegación
interior. Los grandes ríos, esos caminos que andan, como decía Pascal, son otro
medio de internar la acción civilizadora de Europa por la imaginación de sus
habitantes en lo interior de nuestro continente. Pero los ríos que no se
navegan son como si no existieran. Hacerlos del dominio exclusivo de nuestras
banderas indigentes y pobres es como tenerlos sin navegación. Para que ellos
cumplan el destino que han recibido de Dios, poblando el interior del
continente, es necesario entregarlos a la ley de los mares, es decir, a la
libertad absoluta. Dios no los ha hecho grandes como mares mediterráneos para
que sólo se naveguen por una familia. Proclamad la libertad de sus aguas. Y
para que sea permanente, para que la mano inestable de nuestros gobiernos no
derogue hoy lo que acordó ayer, firmad tratados perpetuos de libre navegación.
Para escribir esos tratados, no leáis a Wattel ni a Martens, no recordéis el
Elba y el Mississippi. Leed en el libro de las necesidades de Sudamérica, y lo
que ellas dicten, escribidlo con el brazo de Enrique VIII, sin temer la risa ni
la reprobación de la incapacidad. La América del Sur está en situación tan
critica y excepcional Biblioteca de la Libertad: Bases: y puntos de partida
para la organización política de la República Argentina 42 que sólo por medios
no conocidos podrá escapar de ella con buen éxito. La suerte de Méjico es un
aviso de lo que traerá el sistema de vacilación y reserva. Que la luz del mundo
penetre en todos los ámbitos de nuestras Repúblicas. ¿Con qué derecho mantener
en perpetua brutalidad lo más hermoso de nuestras regiones? Demos a la civilización
de la Europa actual lo que le negaron nuestros antiguos amos. Para ejercer el
monopolio, que era la esencia de su sistema, sólo dieron una puerta a la
República Argentina; y nosotros hemos conservado en nombre del patriotismo el
exclusivismo del sistema colonial. No más exclusión ni clausura, sea cual fuere
el color que se invoque. No más exclusivismo en nombre de la patria. Nuevos
destinos de la América mediterránea. Que cada caleta sea un puerto; cada
afluente navegable reciba los reflejos civilizadores de la bandera de Albión;
que en las márgenes del Bermejo y del Pilcomayo brillen confundidas las mismas
banderas de todas partes, que alegran las aguas del Támesis, ría de Inglaterra
y del universo. ¡Y las aduanas!, grita la rutina. ¡Aberración! ¿Queréis
embrutecer en nombre del fisco? ¿Pero hay nada menos fiscal que el atraso y la
pobreza? Los Estados no se han hecho para las aduanas, sino éstas para los
Estados. ¿Teméis que a fuerza de población y de riqueza falten recursos para
costear las autoridades, que son indispensables para hacer respetar esas
riquezas? ¡Economía idiota, que teme la sed entre los raudales dulces del río
del Paraná! ¿Y no recordáis que el comercio libre con Inglaterra desde el
tiempo del gobierno colonial tuvo un origen rentístico o fiscal en el Río de la
Plata, es decir, que se creó la libertad para tener rentas? Si queréis que el
comercio pueble nuestros desiertos, no matéis el tráfico con las aduanas
interiores. Si una sola aduana está de más, ¿qué diremos de catorce aduanas? La
aduana es la prohibición; es un impuesto que debiera borrarse de las rentas
sudamericanas. Es un impuesto que gravita sobre la civilización y el progreso
de estos países, cuyos elementos vienen de fuera. Se debiera ensayar su
supresión absoluta por 20 años, y acudir al empréstito para llenar el déficit.
Eso seria gastar, en la libertad, que fecunda, un poco de lo que hemos gastado
en la guerra, que esteriliza. No temáis tampoco que la nacionalidad se
comprometa por la acumulación de extranjeros, ni que desaparezca el tipo
nacional. Ese temor es estrecho y preocupado. Mucha sangre extranjera ha
corrido en defensa de la independencia americana. Montevideo, defendido por
extranjeros, ha merecido el nombre de Nueva Troya. Valparaíso, compuesto de
extranjeros, es el lujo de la nacionalidad chilena. El pueblo inglés ha sido el
pueblo más conquistado de cuantos existen; todas las naciones han pisado su
suelo y mezclado a él su sangre y su raza. Es producto de un cruzamiento
infinito de castas; y por eso justamente el inglés es el más perfecto de los
hombres, y su nacionalidad tan pronunciada que hace creer al vulgo que su raza
es sin mezcla. Biblioteca de la Libertad: Bases: y puntos de partida para la
organización política de la República Argentina 43 No temáis, pues, la
confusión de razas y de lenguas. De la Babel, del caos saldrá algún día
brillante y nítida la nacionalidad sudamericana. El suelo prohija a los
hombres, los arrastra, los asimila y hace suyos. El emigrado es como el colono;
deja la madre patria por la patria de su adopción. Hace dos mil años que se
dijo esta palabra que forma la divisa de este siglo: Ubi bene, ibi patria. Y
ante los reclamos europeos por inobservancia de los tratados que firméis, no
corráis a la espada ni gritéis: ¡Conquista! No va bien tanta susceptibilidad a
pueblos nuevos, que para prosperar necesitan de todo el mundo. Cada edad tiene
su honor peculiar. Comprendamos el que nos corresponde. Mirémonos mucho antes
de desnudar la espada: no porque seamos débiles, sino porque nuestra inexperiencia
y desorden normales nos dan la presunción de culpabilidad ante el mundo en
nuestros conflictos externos; y sobre todo porque la paz nos vale el doble que
la gloria. La victoria nos dará laureles; pero el laurel es planta estéril para
América. Vale más la espiga de la paz, que es de oro, no en la lengua del
poeta, sino en la lengua del economista. Ha pasado la época de los héroes;
entramos hoy en la edad del buen sentido. El tipo de la grandeza americana no
es Napoleón, es Washington; y Washington no representa triunfos militares, sino
prosperidad, engrandecimiento, organización y paz. Es el héroe del orden en la
libertad por excelencia. Por sólo sus triunfos guerreros hoy estaría Washington
sepultado en el olvido de su país y del mundo. La América española tiene
generales infinitos que representan hechos de armas más brillantes y numerosos
que los del general Washington. Su título a la inmortalidad reside en la
constitución admirable que ha hecho de su país el modelo del universo, y que
Washington selló con su nombre. Rosas tuvo en su mano cómo hacer eso en la
República Argentina, y su mayor crimen es haber malogrado esa oportunidad.
Reducir en dos horas una gran masa de hombres a su octava parte por la acción
del cañón: he ahí el heroísmo antiguo y pasado. Por el contrario, multiplicar
en pocos días una población pequeña es el heroísmo del estadista moderno: la
grandeza de creación, en lugar de la grandeza salvaje de exterminio. El censo
de la población es la regla de la capacidad de los ministros americanos. Desde
la mitad del siglo XVI la América interior y mediterránea ha sido un sagrario
impenetrable para la Europa no peninsular. Han llegado los tiempos de su
franquicia absoluta y general. En trescientos años no ha ocurrido período más
solemne para el mundo de Colón. La Europa del momento no viene a tirar
cañonazos a esclavos. Aspira sólo a Biblioteca de la Libertad: Bases: y puntos
de partida para la organización política de la República Argentina 44 quemar
carbón de piedra en lo alto de los ríos, que hoy sólo corren para los peces.
Abrid sus puertas de par en par a la entrada majestuosa del mundo, sin discutir
si es por concesión o por derecho; y para prevenir cuestiones, abridlas antes
de discutir. Cuando la campana del vapor haya resonado delante de la virginal y
solitaria Asunción, la sombra de Suárez quedará atónita a la presencia de los
nuevos misioneros, que visan empresas desconocidas a los jesuitas del siglo
XVIII. Las aves, poseedoras hoy de los encantados bosques, darán un vuelo de
espanto; y el salvaje del Chaco, apoyado en el arco de su flecha, contemplará
con tristeza el curso de la formidable máquina que lo intima el abandono de
aquellas márgenes. Resto infeliz de la criatura primitiva: decid adiós al
dominio de vuestros pasados. La razón despliega hoy sus banderas sagradas en el
país que no protegerá ya con asilo inmerecido la bestialidad de la más noble de
las razas. Sobre las márgenes pintorescas del Bermejo levantará algún día la
gratitud nacional un monumento en que se lea: Al Congreso de 1852, libertador
de estas aguas, la posteridad reconocida.
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